Le llamaban Mexickéj Slienckom, que en español significa “Solecito Mexicano”, fue el apodo que sus amigos y compañeros de escuela pusieron a esa linda muchacha mexicana que había ido de intercambio de jóvenes, a través de Rotary International, a Eslovaquia. El apodo se lo había ganado no solo por su hermoso rostro, sino también o quizá, sobre todo, por su sonrisa: sonreía al dar los buenos días o al agradecer un gesto, al presentarse ante una persona o al despedirse de alguien y es que, para los eslovacos, la sonrisa no podía fluir fácilmente.

Ese gesto facial que implica empatía y solidaridad, rara vez emergía en el rostro de las personas con quienes “Solecito” convivía, ella se extrañaba de aquello y consideraba a esas personas como adustas, pero a lo largo de la convivencia con ellos pudo conocer el por qué de esa actitud: la guerra.

Los eslovacos sufrieron los embates y la destrucción que la Segunda Guerra Mundial llevó a los países europeos y tras la caída de Berlín y la repartición del territorio europeo entre las potencias ganadoras, quedaron dentro del conocido como “Muro del Hierro” que se encontraba dominado por el comunismo y solo lograron su independencia hasta 1993.

La reflexión que me brota es el daño tan grave que la ambición de poder llevó a esa población al este del Rin, que luego de tres generaciones aún permanece en ellos una actitud de desconfianza, temor y amargura que les impide sonreír.

Son Politikon, es como Aristóteles calificó al ser humano, una especie que comparte con otras su cualidad gregaria, es decir la necesidad natural de vivir con los de su propia especie, pero que además construye sociedades, en una convivencia organizada bajo una estructura de poder, es decir una organización política.

Así los seres humanos requerimos de un liderazgo, una voluntad que nos una en esas causas comunes que pueden ser propias de toda la humanidad o exclusivas de ciertos grupos; esa voluntad puede emerger de las instituciones o de una o pocas personas y es indudable que el liderazgo de instituciones es el que nos ofrece estabilidad y con ella el progreso.

Pero en épocas de crisis, cuando las instituciones han fallado, vemos la solución de nuestros problemas en el liderazgo de personas y esto ha sido una constante en la historia de la humanidad, así surge el control desmedido de la sociedad por una o unas cuantas personas que, si no están preparadas ante el gran poder que detentan, pierden la estabilidad emocional y causan un grave daño a la comunidad que les otorgó esa fuerza.

Adolfo Hitler es un claro ejemplo del daño que causa el liderazgo personal, envolvió al pueblo alemán en una vorágine de supremacismo y deseo de vengar la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial, lo que llevó al mundo a un conflicto bélico cuyas consecuencias aún se ven, inclusive en el carácter de las generaciones subsecuentes, como se aprecia en el pueblo eslovaco.

Parece ser que en México no hemos aprendido la lección y aún creemos que es el liderazgo de personas lo que nos podrá sacar del pantano de corrupción y desigualdad social en que la clase política nos ha hundido y así, una parte de la sociedad se ha decantado por esta opción, pretendiendo encontrar en la imagen de López Obrador el caudillo que salvará milagrosamente al país.

No podemos desdeñar la experiencia histórica, el liderazgo personal implica un grave riesgo pues el ser humano es falible y propenso a la soberbia y el provecho personal, no necesariamente económico sino también en la satisfacción del ego propio y la vanidad.

El poco liderazgo institucional que teníamos se ve disminuido constantemente por el obrar del actual presidente de México, que ha llevado a la renuncia de los funcionarios bien intencionados quienes se han mostrado en contra de las decisiones del presidente, que piensa ser el único depositario de la verdad.

El apoyo popular a López Obrador es indudable, pero no representa ninguna garantía de buen gobierno, aunque sí un grave riesgo de que las generaciones futuras pierdan la capacidad de sonreír.

 

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